
Bicentennial Capitol Mall / Nashville, TN 2008

Pero para los paisanos en EU, siguiendo una tradición netamente mexicana, el thanksgiving no es una reunión "familiar", sino un buen pretexsto para una reunión de un montón de familias , amigos, conocidos de los amigos, colados y demás, que apretujadas en una sola casa comen, bailan, beben, platican escandalosamente y se despiden dando las respectivas gracias. En este caso, el evento tuvo lugar en la traila de Irma y Pancho (traila = tráiler = casa móvil o rodante; típica vivienda de los migrantes mexicanos en el Sureste de EU). El toque mexicano se dio desde el inicio: se citó a las 4pm, pero a las 5:40, cuando Rocío y yo llegamos derrapándonos para “no llegar tarde”, la casa aún estaba semi-vacía. Irma ahí nomás, poniendo el mantelito de plástico en la mesa plegable, y su hermano Paco, picando manzanas en la cocina, mientras los personajes chistosos de La Era del Hielo hablaban ruidosamente en la tele de plasma con sonido estéreo. “Como ya está cerca el invierno, hay que ver películas de nieve y todo eso”, señala Irma, mientras nos invita a sentarnos frente a la divertida pantalla de plasma.
La fiesta fue de traje, y poco a poco los invitados comienzan a llegar, cada uno cargando alguna vianda. Irma y Pancho, los anfitriones, pusieron el pavo, que todo mundo calificó de “enorme” y “muy rico”, y que fue una especie de donativo de Wal-Mart, pues “no me lo cobraron, creo que por un error en la caja”, aclara Irma. Rocío y yo trajimos costillas de cerdo en salsa verde, que literalmente volaron, pese a que el pavo era el que tenía alas. Más tarde llegan Enrique e Irma (a quien llamaremos Irma 2), que traen ensalada de manzana en un enorme “bowl” (tazón) que más tarde sería violentamente vaciado por manos de todas las edades. A eso de las 8pm del pavo ya sólo quedan los huesos, pero tuvo que degustarse con postres en lugar de ensaladas, pues éstas llegaron hasta después de las 9 de la noche, cuando los invitados que las traían llegaron, quizás para acentuar el toque mexicano de una fiesta que estaba citada a las 4pm. Georgina y Martín, por ejemplo, llegaron pasadas las 9, con uno de sus clásicos pasteles y un guiso de costillas en chile rojo. Finalmente, Isabel y Arturo llegan cerca de las 10pm acarreando la ensalada rusa en un recipiente del tamaño de una tina. Otros invitados, cuyos nombres quedaron en el anonimato, traen flan napolitano, refrescos, cajas de chelas en los hombros, gelatinas de colores, más ensalada de manzana con nuez y pasas, y así y asá… La barra de bebidas incluyó botellas de 2 litros de Coca Cola y Sprite, ponche con piquete, chelas, y otras bebidas espirituosas que circularon más bien en lo oscurito. El toque mexicano es evidente, sin duda, pues pese a “la peor crisis económica de la historia” (palabras del presidente electo Barack Obama), en esta reunión hay bebida, comida y baile en exceso.
Irma 2 anuncia que trae un CD con “música para bailar de principio a fin”, y aclara: “pero es mp3 y trae más de 100 cumbias, desde las viejitas de los 70s hasta las actuales”. Pancho pone el disco en su estéreo mega-potente y, al ritmo de la Cumbia de los Pobres –himno nacional de Neza-, rompemos el baile Rocío y yo, mientras al menos 30 pares de ojos y varias cámaras escanean el escenario que por el momento es sólo nuestro. A la tercera cumbia, la sala está a reventar, con parejas de baile de amplia experiencia tibiritera, como Isabel y Arturo (originarios de la colonia La Pradera, ahí por la Avenida Central), Sandra e Ismael (del mero corazón de Iztapalapa), Irma y Enrique (de Ecatepec), Irma y Pancho (Tlaxcaltecos avecinados en Naucalpan), así como parvadas de niñitas que corrían descalzas entre los pies de los danzantes. Un verdadero evento de aprendizaje, donde las generaciones jóvenes son socializados en las costumbres, valores, y mañas bailongueras de las generaciones viejas, portadoras de un bagaje cultural que se creía perdido en las calles nezenses e iztapalapenses. Pero no, en Nashville, el mero corazón de la música country, se escuchan y se bailan cumbias como Bella-belluda-belludita, Leyda, o Chambacú, con igual o mayor intensidad que en la Pantitlán y colonias aledañas.
Sin embargo, es posible que el verdadero toque mexicano se haya dado en las pláticas. Entre plato y plato, sorbo y sorbo, cumbia y cumbia, fluyen las historias y los comentarios sobre la vida y el trabajo en Estados Unidos. Irma 2 cuenta sobre su trabajo:
“Por primera vez en ocho años mi esposo no tiene trabajo. Es chirroquero (sheet-rock-ero = experto en tablaroca, material con el que se construyen las casas en EU). Pero últimamente le estaban pidiendo (instalar) 80 tablas por día… están abusando, como los americanos no quieren hacer eso. No quiso, y lo descansaron. Yo donde estoy, empacamos bolsitas de chocolate, hay que meterlas en botecitos de plástico, como para regalo de navidad. Yo estoy en la parte “lenta” de la banda, y ahí te están pidiendo empacar 700 botes al día. Pagan a 7.50 la hora, pero en un solo día sacan la producción de toda una semana, por eso no te dan horario. Te dicen, “entras a las 6am pero es hasta terminar”. Trabajas de 13 a 16 horas seguidas, con media hora para lunch. El otro día una compañera me dijo que si la cubría, mientras ella iba al baño. Le digo, bueno, pero soy nueva, a ver si puedo. Tienes que ir bien rápido, porque la banda avanza y se te acumulan las bolsitas, y hay que meterlas a los botes de plástico. Yo estaba así (Irma mueve su mano rapidísimo, como empujando algo hacia adentro de un recipiente imaginario). No me daba abasto, y eso que estoy en la parte lenta. Pero hay otra área donde la banda va bien rápido. Y ay, la gente sale con la cara como de zombi, después de 14 horas de meter y meter bolsitas sin parar, con los ojos así perdidos… Igual les pagan a los gringos y a los morenos; muchos vienen pero no duran; no aguantan, no les gusta matarse tanto por lo que pagan.”
Pancho, experto en remodelación de casas y anfitrión de la noche, va y viene, ofreciendo chelitas o ponche con piquete. De vez en vez hace una pausa para echarse una cumbia con Irma. Pero luego regresa a atender a los invitados, que en el clímax de la fiesta llegan casi a 50.
Por su parte, Ismael y Sandra, sentados literalmente en el rincón de una cantina (la cantina de la casa), están muy serios esta noche, quizás porque están a sólo dos semanas de partir hacia México, donde están sus hijos de 8 y 11 años, a quienes no han visto en 2 años y medio… Se levantan a bailar de vez en vez. En un descanso nos sentamos al lado y ellos nos platican:
“Rentábamos un departamento en Iztapalapa, pero ni lo disfrutábamos, porque estábamos todo el día en el puesto del mercado, vendiendo tortas. Nomás usábamos el departamento pa’ dormir. Así que mejor saqué un crédito pa comprar una casita allá en Ixtapaluca”, dice Sandra. “Yo ni la conozco –añade Ismael- porque ella la agarró cuando yo ya estaba acá… Nos vamos a ir en la camioneta, jalando una traila (tráiler) con nuestras cosas. Pero esta semana vamos primero a Georgia a llevar otras cosas; de ahí las mandan en cajas a San Luis Potosí, y ahí va mi cuñado a recogerlas para llevarlas al DF.”
Pasada la media noche, la gente comienza a despedirse, no sin dar las gracias a los anfitriones, y de esta manera cumplir el motivo de la velada: dar gracias –thanksgiving.
Afuera, espera el frío y una larga noche económica que en ambos lados de la frontera se ansía que termine de una vez. Pero esta noche de thanksgiving se abren nuevas preguntas: ¿A quién hay qué dar las gracias por trabajar de 13 a 16 horas diarias en EU? ¿A quién hay que agradecer por dejar de ver a tus hijos por más de dos años? ¿A quién hay que agradecer cuando de regreso en México no te den ni las gracias por haberte matado “del otro lado” para mantener a tu familia que ni siquiera podías ver? Los primeros colonos ingleses al menos les dieron las gracias a los indios nativos por darles de comer (antes de exterminarlos). Millones de familias mexicanas han sido sacrificadas en beneficio de unos cuantos… y ni las gracias… ¿Será ese el verdadero “toque mexicano” del thanksgiving?
La última vez que llevé mi Toyotita beige, modelo 94 al taller mecánico que me recomendó Santiago, mi amigo nicaragüense, conocí a Víctor. Originario de Sonora, Víctor tenía su taller en Nolensville, el área “Hispana” de Nashville. Santiago me había hablado muy bien de él, y no se equivocó. Víctor era un hombre alto y fuerte, en sus 50s, de manos grandes y gruesas, y experto en mecánica automotriz. Yo pensé que tendría que dejar el carro y regresar después, pero Víctor me insistió que esperara en la oficinita, donde había calefacción, unas sillas y revistas para pasar el rato. Al cabo de una hora, Víctor entra limpiándose las manos con un trapo, y me dice “ya estuvo”. Se dirige al escritorio y se sienta para hacerme la cuenta. Mientras captura mis datos en la computadora y prepara la factura, me explica lo que se le hizo al carro, pero en medio de sus frases técnicas noto la expresión nostálgica y ansiosa de sus ojos. Sin decir agua va, cambia de tema y me dice:
Una mujer madura, de piel negra, y pelo abultado como peluca, empuja un carrito de limpieza que lleva una larga bolsa amarilla marca “Rubbermaid” (algo así como "sirvienta de hule"), y está equipado con diversas botellas de líquidos limpiadores, variados mops o mechudos (peludos y de mechas cortas, de algodón y de fibras sintéticas), escobas, cepillos, espátulas, aerosoles anti-aromas, rollos de papel, y bolsas, muchas bolsas grises para basura.
Típicos suburbios gringos
Fantasmas del metro… o transportación y transpiración
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A través de la ventana el DF (Ciudad de México) se mira gris y mudo. No es un silencio de coches, sino un silencio de voces. A esta hora miles de hombres y mujeres saturan calles, escaleras, andenes y pasillos en esa carrera desesperada por el medio de transporte que habrá de llevarlos al trabajo. Miles de pasos desgastan un poco más el suelo viejo de la ciudad; suben y bajan de prisa las escaleras del metro; entran y salen de esos túneles como ratones; suben el calor y cambian de color.
Cuerpos recién lavados, envueltos para ir a trabajar, inician la diaria jornada de transportación y transpiración. En la estación Centro Médico del metro, capturo fantasmas con mi ex-cámara (más bien cámara ex–mía): irreales figuras transparentes pintan como acuarela el aire viciado de los andenes. Fluyen y flotan; aparecen y se extinguen; viajan y bajan.
Línea 3 (parte 1)
1. Un hombre sube al vagón. En su mano lleva un DVD portátil abierto, tipo laptop, mostrando la pantalla a los pasajeros. Al hombro lleva una mochilita colgando de una correa que le cruza el pecho, como canana. En la mochilita, discos y el sonido: se observan las bocinas. “Te vale 10 pesos, DVD con 15 éxitos del New Age…”
2. Una chica sube en la siguiente estación. “Muy buenos días, venimos ofreciendo disco compacto en formato mp3 con 150 éxitos de los románticos de ayer”. En su mano lleva un reproductor de CDs y al hombro una mochilita con las bocinas. Empieza la música “Cómo te va mi amor, cómo te va…”, “Frente a frente / bajamos la mirada / pues ya no queda nada de qué hablar…”.
3. Tres estaciones antes había subido otro hombre que, sin pronunciar palabra, mostraba a un lado y a otro del andén la pantalla de su mini DVD player, del que surgía una voz de acento cubano que daba indicaciones precisas sobre cómo realizar un giro en el baile de salsa. Mientras tanto, la pantalla muestra a una pareja modelando despacio dicho movimiento. Luego comienza la música y el vendedor anuncia: “lleve el DVD Clases de Salsa. Incluye pasos, vueltas básicas y avanzadas, rutinas de grupo y más. Además videos de Gilberto Santa Rosa, Víctor Manuel, Grupo Niche, Rubén Blades, Son de Azúcar. Lleve su DVD por sólo 10 pesos…” Saco una moneda de $10 y adquiero mi DVD para aprender salsa.
Metro Pantitlán (paradero)
En la salida Q el laberinto alfabético del metro Pantitlán, justo al lado de la flamante nueva Terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, el “pasaje” (los pasajeros) abordamos el micro Esperanza-Palacio-Neza. Detrás sube un chofer gordo, alto, muy moreno, de cola de caballo y gorra “NY” con la visera para atrás. Lleva en la mano un montón de monedas y pasa de asiento en asiento a cobrar la tarifa. Luego aplasta su asiento como un rey y arranca. Mientras avanza por la congestionada y llena de topes calle “Prosperidad”, observo el abigarrado decorado en la cabina del chofer. Bocinas acolchonadas en techo y frente. Al centro, moderno estéreo de lucecitas azules. Debajo de éste, calcomanía en relieve que muestra un águila-ángel-demonio roji-azul. Debajo, una mini-TV, y más abajo un espejo retrovisor con calcomanía de Diablo-Calavera-Ángel. Debajo, pegado al parabrisas, cruz con Cristo, y a los lados banderas de Mex y EU. Al lado, un pequeño nicho aloja a otro Cristo que predica de pie; y sobre él, un emblema ovalado de la marca Ford.
El extinguidor al lado del chofer está forrado con el emblema de Coca-Cola.
Sobre la cabeza del chofer, y a ambos lados del techo, bocinas ovaladas SONY enmarcadas en gruesas palomas Nike.
Debajo, junto al monedero, un rostro de Cristo sufriente, en relieve y con corona de espinas.
Los pasajeros rezamos mientras este altar rodante, de sagrados símbolos, cruza veloz el purgatorio…
Línea 7… o competencia Comunicativa en el Metro
Escenario: Línea 7, tren de los “nuevos”, de la estación Puebla a Pantitlán
Personajes:
- vendedor de plumas de baloncito
- pasajeros fumigados tras un día de trabajo
- “fieldworker” (trabajador de campo = tomador de notas = tipo insanamente curioso = yo = grehz)
Episodio I
(El vendedor entra y muestra unas plumas para escribir, con punta de baloncito)
Vendedor: Señores pasajeros, yo soy vendedor ambulante del metro. Yo vendo plumas, lo que pasa es que me acaban de agarrar los agentes y me quitaron toda mi mercancía y también me cobraron 400 pesos de multa. Si alguna persona desea ayudarme, no vengo a pedirles que me regalen dinero, yo vendo plumas, las doy a $5, pero ahorita las estoy dando a $3, nomás para sacar pa’ mis gastos. Aquí traigo el papel, mire [saca un papel y lo desdobla y lo muestra mientras camina por el vagón], estas son las multas que nos quitan [enseña el papel junto con las plumas de baloncito].
Pasajeros: (Todos le compran; yo también)
(Narrador: Esto es competencia comunicativa: vendió todo, fue breve y persuasivo; conmovió y convenció).
Episodio II
Pasajeros: (transbordamos en Pantitlán a la línea B del metro férreo, dirección La Paz. 10 minutos después el mismo tipo sube al vagón donde viajo)
Vendedor: Hace un rato me agarraron a mi y me quitaron $400. No les pido que me regalen, me dejaron sólo dos agendas y les pido, si alguna persona quiere comprarme esta pinche agenda, la dejo en sólo 5 pesos, nomás para comprar mañana mi mercancía. (saca una agenda, luego otra, etc.)
Epílogo: Nuevamente vendió todo. ¿No es eso competencia comunicativa en acción?
Linea 3 (parte 2)… Sociedad 20:80
Viajo en el metro, línea 3, una de las menos “pobres”. En un solo viaje de unas 10 estaciones, se han subido muchos vendedores o cantantes o pidientes. Un hombre maduro que canta corridos, un vendedor de mapas de 10 pesos, una sordomuda dejando sus bolsitas de dulces en las piernas de los que van sentados, un hombre ciego y viejo –pero no anciano- acompañado de un niño que grita sin parar “a peso a peso a peso a peso...”, un dueto de jóvenes tocando música sudamericana con quena y cuatro... y otros que no recuerdo. Ocurrió en varias ocasiones que subían dos vendedores o cantantes al mismo vagón, por lo que sus anuncios o servicios se superponían, aunque no necesariamente se hacían competencia. Por ejemplo la mujer sordomuda repartió sus bolsitas de dulces como si nada, mientras el dueto sudamericano interpretaba ‘pájaro chogüí’. Esto es en el metro, línea 3, de la Ciudad de México. Iztapalapa es ‘hogar’ de muchos de estos desempleados o subempleados que salen cada día a hacer lo que pueden “para no morir víctimas del hambre”, como le dijo doña Borola a su marido cuando salió a robar comida al mercado. Este es el “80” de la “Sociedad 20:80” que anticiparon los líderes del mundo en el Hotel Fairmont de San Francisco en 1995…
Pasajeros del metro
Pasajero 1: En Indios Verdes subió un hombre que parecía haber entablado -y perdido- una feroz batalla con
Pasajeros 2: Enfrente de mí, un hombre maduro de orejas brillosas leía el "Esto", mientras una joven miraba fijamente al vacío. Ambos visten chamarra azul; ambos se esfuman...
Pasajero 3: A mi lado un señor leía una novela barata. Su pulgar derecho era tan curvo que más que sostener un libro parecía estar pidiendo "rait". En el interior de su boca un obstinado y seguramente desabrido chicle provocaba el rítmico inflar y desinflar de sus cachetes espinudos...

Hace unos días buscaba un libro en la biblioteca de Leyes de la Universidad de Vanderbilt, cuando me topé con una persona non-grata de la que sólo sabía por las noticias… y por las nefastas consecuencias de sus actos en las vidas de los mexicanos que no hemos transado, es decir que no nos hemos enriquecido “inexplicablemente”. ¡Se trataba nada menos que del mismísimo TLC en persona! Conocido también como TLCAN y como NAFTA, este documento ocupa 9 gordos y pesados volúmenes, entre tratados, comentarios, reglas de disputas, y reglas de arbitraje inversionistas-estado. Dudo sinceramente que lo hubiera conocido en persona de no haber entrado y caminado en esta lujosa y selecta biblioteca de una universidad gringa. ¿Cuántos mexicanos tienen siquiera idea de “cómo es” el TLC en persona? Son MILES, literalmente MILES de páginas y de cláusulas de acuerdos que nos atarán como país por quién sabe cuántas décadas o siglos. Cláusulas que garantizan todas las facilidades para la “inversión privada” y todas las dificultades para la gente de carne y hueso en cuyo nombre se firmó este documento que bien podría describirse como una verdadera, auténtica, detallada, legalmente fundamentada, cuidadosamente redactada, prolíficamente apoyada en notas al pie, lujosamente encuadernada, revisada, corregida y aumentada mentada de madre para las clases trabajadoras mexicanas.Claro que no hace falta conocer en persona los 9 obesos volúmenes del TLC (NAFTA) para sentir su impacto en nuestras atolondradas vidas. Como bien lo explica Flor Crisóstomo, la zapoteca que desafió al imperio, “es muy difícil ser una persona perseguida, acosada, señalada con el dedo, cuando tú sólo vienes (a EU) a buscar lo que se te arrebató descaradamente hace 14 años a través de la creación de las políticas comerciales como el TLCAN, que dañó tanto a México y que nos obligó a millones de personas a desplazarnos para buscar el sustento para nuestros hijos”
De todos modos, y nomás porque su funesta influencia se extenderá a lo largo de las vidas y las muertes de nosotros y de las generaciones venideras, no está de más echarle una ojeadita. Tal vez haya algunas copias en español (tal vez) en alguna biblioteca mexicana, o en algún sitio de Internet, o cuando menos en algún bunker del gobierno mexicano. Mientras hallan su copia, les adelanto aquí la primera página, donde se explican los objetivos generales del tratado de la desdicha. Tan gordo es el libro, que tuve que mantenerlo abierto con mis dedos:
Nótese que el objetivo número uno (inciso a) es eliminar las barreras y facilitar el cruce de "bienes y servicios"... pero nada se dice del cruce de trabajadores, como si los bienes y servicios tuviesen pies, y los trabajadores estuviesen pegados al suelo... Para cerrar mi encuentro personal con el TLCAN, me permití deslizar entre sus gordos volúmenes un ejemplar de México ante Dios, libro que Erandi, una de las migrantes que he entrevistado en EU insistió y reinsistió en prestarme, aún cuando le advertí que he leído muy pocos libros gordos en mi vida, y que a mí la lectura me produce más sueño que el valium. Pero bueno, lo tomé porque yo había visto ese mismo libro en otra “traila” (casa ambulante o “mobil home”, típica de los nuevos migrantes mexicanos en EU) y me llamó la atención que gente que usualmente se describe en los medios como “no lectora” estuviese tan interesada en ese gordo libro. En fin, lo estoy leyendo y se trata de una novela histórica que todo mexicano debería leer, pero de la que comentaré con más detalle en uno de mis próximos posts (así se llaman las notitas que uno va añadiendo al blog)… Por lo pronto baste decir que, como la siguiente foto indica, en los últimos 200 años nuestro pobre país ha sido estrujado y exprimido por estos dos monstruos: la iglesia católica y la política económica…