En sus mensajes, estos lectores comentan textos que he escrito con indignación frente al mar de simplezas y prejuicios que se difunden en los medios masivos y en los que se afirma sin más que en México “no se lee”. Es un tema bien polémico, como lo reflejan las reacciones de los lectores, pero justo por ello, como investigador he buscado abordar el asunto a partir de testimonios y entrevistas con gente de carne y hueso, y que he recabado a lo largo de varios años de andanzas en México y en EU. En estos testimonios he buscado siempre dar voz a personas cuyas vidas transcurren en medio de la carencia y la sobrevivencia económicas, historias que en buena medida expresan mi propia historia personal y familiar.
Algunos lectores (pocos realmente) llegaron a interpretar que para mí daba lo mismo leer obras literarias que novelitas de vaqueros. Nada más alejado de la realidad. Al argumentar en contra, algunos de mis lectores repetían el lugar común de que lo que las “masas” o “los pobres” necesitan es “acercarse a la cultura”, y que la lectura de “buena literatura” es la mejor forma de “acercarse a la cultura”. Esta visión de que existe una cultura que es la que les falta a los “incultos” me parece una postura etnocéntrica y colonialista. Es la visión de los conquistadores y los antropólogos europeos que en Africa, Asia y América Latina propagaron durante siglos; la idea de que ellos eran “cultos” y los otros, los conquistados, “incultos”. Yo no creo que lo fundamental sea acercar a los pobres a “la” cultura; lo que creo es que a toda la gente, incluidos los descendientes de los pueblos conquistados y colonizados, se les debe dar la oportunidad y las condiciones para crear, producir y comunicar su propia cultura.
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